Soy Pepe, el karateka (I)

Hola.

Me llamo Pepe y soy carateca. O karateka. No, no tengo cara de teca. Aunque cierto es que de palos se un rato.

A ver. Comencemos por el principio. Nací en 1970 y… ¿se acuerdan ustedes cuando se puso de moda dar clases de artes marciales?

Mis padres estaban obsesionados por ello. Un día, tras volver de clase, me encontré un kimono encima de mi cama. Tenía 9 años. Mi madre me dijo que siendo yo físicamente un poco piltrafilla, sería bueno que me impartieran clases de judo, kárate y demás disciplinas.

A mi me hacía ilusión, ya que mas de una vez (mas de las que quisiera, para qué vamos a engañarnos) tuve que decir a algún compañero de clase:

– ¡Vas a ir a mi padre!

Esta frase era posterior a la faena inflingida sobre mi, en forma de tortazo, zancadilla graciosa (para otros), palmada sonora en el cogote, que mi cuerpo formara la base de lo que se llama jugar al montón de ropa, en forma de torre de no menos de 20 alumnos (y alumnas).

Yo llegaba magullado y entumecido con cierta frecuencia a casa. Y mi padre no acudía a mi infantil y natural invocación. Durante las horas que yo pasaba en la escuela el trabajaba en en una fábrica de chinchetas. Y bueno, ciertamente, cuando más mayor me hice se confirmaba que por mi gran cariño no sentía. De hecho mi madre (mi salvadora, mi heroína, mi TODO), me recalcaba que las clases me vendrían bien para defenderme también de las muestras de cariño de mi padre: ora un bofetón, ora un tortazo del revés, ora un zapatillazo, ora un coscorrón quebrantapelos, ora un galletazo en el mismo centro de la espina dorsal…

Yo era un niño, pero no tonto, como cierta cantidad de adultos asume. Y me preguntaba si mi madre, que se llama Secundina de los Dolores Perdigón, no haría mejor en ahorrarse el dineral que supondrían las clases de kárate y que fuera mi propio padre quien me instruyera. Tal era su dominio en lo que a su infinita variedad de golpes demostraba poseer.

Mi padre, Atanasio Culotieso Macarrón, siempre fue hombre de pocas palabras. Era lo que se denomina un hombre de acción. Yo de reacción.

Mi madre, me insistía en que era bueno que me matriculase cuanto antes. De hecho las clases empezaban esa misma tarde. Yo, ilusionado, me puse el kimono nuevo lo más aprisa que pude y salí por la puerta corriendo con un bocata de choped hacia la Academia Puño Cerrado. Estaba a dos calles de casa.

En el portal me encontré a mi padre. Le miré, me miró, y antes de que me diera cuenta bajé más rápido de lo que mis piernas podrían permitirme. Con una sonrisa de medio lado, Atanasio me cruzó la pierna en una décima de segundo. O milésima, nunca he sido de mates. Bajé rodando el 80% del tramo final de la escalera y me di de bruces contra la entrada del portal. Sangraba de la nariz, me levanté medio atolondrado con un movimiento que quise que fuera felino, pero más bien se me antojaba entre el cruce de una rata huidiza con un perezoso reumático. Mi padre ni se giró para ver las consecuencias de su acto.

Yo, sólo veía el momento de llegar raudo y veloz a la Academia de Artes Marciales Puño Cerrado. Para todas las edades y presupuesto ajustado. Ese era el eslógan de la casa.

Dando tumbos, crucé la puerta que siempre me llamó la atención. De ella salían niños y niñas con sus impolutos kimonos. Ilusionados, sonrientes eran esperados por sus felices y cariñosos progenitores.

¡Cuan lejos estaba yo de gozar de tal coyuntura sentimental!

Pero mi venganza sería terrible. Lograría desquitarme, tratar a mi padre de igual a igual, mejoraría mi apariencia física, encontraría a mi amor en muy poco tiempo y podría acceder a comprar mi entrada para el radiante espectáculo llamado Vida Feliz. Todo de una tacada. Vanas serían mis tentativas y esfuerzos. El tiempo (ese señor que siempre se empeña en tener razón) se encargaría de que optara a pagarme una escoba y barriera la entrada del acceso a la Vida Feliz. No olfatearía siquiera el vestíbulo de tal Show.

Para empezar al cruzar el umbral de la academia, lo primero que me encontré fue un montón de alumnos y alumnas mirándome de frente. Más tarde, el estruendo.

Risas, risitas, sonrisas, carcajadas, risotadas… Es increíble la variada cantidad existente en la muestra humana del sentimiento del humor. Fíjese usted, la risa puede irse de excursión y viajar a las tierras de Humillación Infinita.

Me señalaban con el dedo, hacían comentarios jocosos, se tumbaban en el suelo. La situación era como mínimo, pintoresca.

Frente a ellos estaban sentados, con las piernas cruzadas dos profesores. O eso pensaba. Se giraron y mostraron su respeto. Su respeto hacia los alumnos, puesto que hacia mi ninguno me dispusieron. Se acercó el uno al otro y tras un breve cuchicheo, me preguntaron si venía de hacer de sparring de la clase de décimo dan. Para mi que a la palabreja esa le faltaba el don.

Me pareció un recibimiento tan innoble que tuve una de las pocas reacciones fulminantes de mi vida. Giré sobre mi mismo 180 grados y agarré la manilla de la puerta para irme. Por lo visto debí entrar por la puerta mal cerrada de emergencia o algo así. Y emergencia era lo que tenía por irme ante la situación. Nulo intento.

Alguien me agarró. Era por lo visto el único alumno de ciego de la academia. Pero esa era la única característica disminuida que tenía. Era un alumno mas bien atlético y de fuerte complexión, con los puños como de granito y de reflejos más rápidos que una centella. Tales talentos comprobé de primera mano.

Al grito de «¡¡¡este es ahora!!!» se abalanzó sobre mi. Más tarde pude enterarme que se estaba entrenando para el Campeonato Nacional de Judosinsu Shogun Kan o algo así (no entendía una palabra de mandarín). Dicho campeonato se celebraría en 2 días en Guarrones de la Dehesa. Y Marquitos, que así llamaban al ciego discípulo, estaba más nervioso de lo habitual por triunfar. Estaba exaltado, emocionado, acelerado y ciego. Y lo que fue peor para mi. En pleno entrenamiento en un tatami, adyacente al de el grupo de alumnos que me topé al hacer mi fabulosa entrada a la academia.

Lo que sucedería después es cosa que dejaré para posteriores relatos. Creo que merece la pena conocerlos y que puedan servir para alguien. Con 40 años, es momento creo yo de hacer un repaso memorial de la historia de tu vida.

¿Acaso les parece prematuro? Si vieran mi cuerpo trinchado, magullado permanentemente y llenos de dolores por incontables fracturas, contusiones y golpetazos más bien contrataría a 6 escribas para que la labor pudiera realizarse antes de que una funesta hora llegara y me llevara en volandas a donde se llevan a todos los seres humanos que dejan de estar vivos. Al cielo, al infierno o a que se lo coman los gusanos.

Mi vida no fue triste siempre…

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Acerca de Sr. Bizarro

A strange human being.
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2 respuestas a Soy Pepe, el karateka (I)

  1. arnaldo dijo:

    mi duda es… ¿qué fue del bocata de choped? ¿acabó también bañado en sangre?

  2. Sr. Bizarro dijo:

    arnaldo:

    Pepe el karateka, nos confiesa que el bocata se lo debieron comer las ratas del cuarto de los contadores del portal, ya que temiéndose que le cayera otra andanada de collejas por parte de su progenitor, huyó raudo del lugar de autos…

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